La Ropa hace la diferencia: Nudismo en la Capital

Publicado en momento cotidiano el 6 de Mayo, 2007, 10:21 por Gilberto A. Gibler
Lo gozoso y lo morboso de una experiencia colectiva

Desde mis tiempos de universitario me he dado la oportunidad de practicar de vez en cuando el nudismo en lugares abiertos. Aunque en México no existen oficialmente playas o centros nudistas, he buscado la ocasión de acampar en playas no visitadas por el turismo masivo, en donde basta caminar unos cientos de metros para estar lo suficientemente a resguardo de miradas indiscretas o del pudor de quién pudiera escandalizarse por mirar cuerpos desnudos, encontrando, con frecuencia, que no soy el único, sino uno más que tuvo la misma idea. Igualmente en otros sitios menos públicos y más lejanos, como en terrenos privados, en el bosque, en la montaña o  el desierto.

Me gusta sentir los elementos en el cuerpo sin el filtro de la ropa. De hecho, toda la ropa, toda, me hace sentir vestido para la ocasión: de traje para una fiesta, o para cierto tipo de trabajo, de camisa de manga corta para lo cotidiano, uniformado apra el deporte, o arreglado para salir o visitar; aún cuando no pienso más que en ponerme algo para estar cómodo, no dejo de adoptar un estilo, así sea éste informal y desgarbado. Siempre que estoy vestido me siento disfrazado. En casa estaría desnudo la mayor parte del tiempo, tapándome sólo para evitar el frío, si no fuera incómodo vestirme y desvestirme cada vez que salgo, tocan a la puerta o tengo ganas de asomarme al balcón.

Lo que nunca pensé que haría, más que, quisás como un acto de protesta, rebeldía o provocación, es caminar desnudo por la plancha del Zócalo de la Ciudad de México para sentirme libre, natural y en igualdad de circunstancias con todos los otros transeuntes. No hubiera imaginado el alcance de la experiencia que tuve oportunidad de vivir al registrarme para asistir al evento de fotografía de Spencer Tunick, hoy, 6 de mayo del 2007.

La crónica del evento ya está siendo publicada en múltiples medios hoy mismo, lo que yo quiero destacar son mis propias sensaciones y los detalles apreciados desde mi perspectriva como participante.

La primera palabra que me viene a la mente es resonancia, seguida de libertad, euforia y desinhibición. Las cerca de 20 mil personas que nos congregamos, gozamos el desnudarnos y compartir la proximidad con otros seres que no conocíamos. La desnudez nos igualaba y nos daba confianza, estábamos expuestos, frágiles y vulnerables, pero nos sentíamos fuertes y protegidos los un@s por los otr@s. Miles de rostros sonrientes y anónimos, miles de cuerpos que ignoraban el frío de la madrugada, siguiendo ciertas normas, apoyados por el equipo de los asistentes de Spencer para formar las figuras de la instalación, nuestro objetivo primario común.

Spencer Tunick nos dió el pretexto cultural para realizar un experimento sociológico único,
un fenomeno social, cuyos resultados no debieran soslayarse ni perderse de vista en el mediano y largo plazos.

De a poco, los rostros cercanos adquirieron nombres: Cecilia, Esteban, Rocío, Emma, Rubén, Gilberto... Algunos llegaron en grupos, muchos otros en pareja, los más, asistimos solos, pero pocos salieron del evento sin nuevos conocidos. He asistido a gran número de actos multitudinarios, pero ni en el futbol, ni en las luchas, ni en mítines políticos o en manifestaciones por la paz he encontrado tanta espontanea buena fe de un@s para con otr@s. Aún antes de quitarnos la ropa, la euforia comenzaba. Había excitación en todas las facciones, expectación por ver cuántos más llegaban entrando al Zócalo por los accesos controlados. Cruzó Carlos Monsivais caminando hacia el Hotel Majestic, donde se concentraba la prensa, y la gente le empezó a gritatr que se encuerara, y él, enrojecido apuró el paso huyendo de las bromas. Transcurrieron un par de horas esperando la salida del sol, y a la gente seguía entrando.

Tras las indicaciones de Tunick y su equipo acerca de lo que se iba a hacer, sentados todos en los lugares destinados para dejar nuestras ropas en las banquetas y el arroyo de 5 de febrero, ya clareando el alba, dio la voz naked y los cuerpos empezaron a mostrarse sin ninguna inhibición, y nos dirigimos a la plancha a ocupar los lugares como se nos habían indicado. ¡Qué momento!, algo más que inolvidable; un recuerdo que trasciende la memoria, que se nos quedó grabado en los sentidos y en el alma. Diversión, alegría, gozo y una sensación de fraternidad, respeto y entusiasmo que me es muy dificil describir, pero que se muestra en esta imagen; contacto físico que se volvió emoción común; compartida.

El espectáculo se vislumbraba fabuloso; una marea de cuerpos gordos, flacos, altos, bajos, rubios, negros, femeninos, masculinos, nacionales, extranjeros, de rincones de la República, lampiños, peludos, calvos, rizados y de rastas; senos, penes, nalgas, cinturas, piernas, pies, panzas y abdómenes planos distribuyéndose a lo largo y ancho de la plaza; una estética humana donde todos nos sentíamos y nos mirábamos bellos. Sin pudores, sin verguenzas, sin malicias y sin miedo de tocarnos. A pesar de tantos sexos descaradamente visibles y cercanos, no ví una sóla erección durante las formaciones, no vi agresión ni reclamos. Claro, yo estaba en la pista sin la perspectiva del circo entero, pero no creo que haya sido distinto en todos los otros rincones de la plancha de concreto, hasta que sucedió el detalle.

A pesar de la ineficiencia de los magnavoces y la falta de tacto del equipo de soporte, siguiéndonos unos a otros, logramos formar las figuras a fuerza de entusiasmo, dando chance de aprovechar la mejor luz para las fotografías del artista.
Haste ese momento todos los pequeños incidentes resultaron más divertidos que molestos: una señora que se coló a la arcada del edificio de gobierno y tomaba fotos con un celular recibió los gritos de  la multitud ¡qué se encuere!, ¡qué se salga!, mientras seguía fotografíando hasta que una de las ayudantes de Tunick la hizo salir del Zócalo; un camarógrafo que se escondía en la torre del mismo palacio del gobierno capitalino, cuando se percataba de que la gente lo miraba; gritos y consignas que surgieron espontaneamente ante la dificultad de escuchar las indicaciones, cuando a señas la multituda malinterpretaba y se tenía que recolocar una y otra vez, desde el famoso ulero que coreabamos a algún otro colado, hasta el espontáneo voto por voto, casilla por casilla que cundió por un minuto, más burlón que agresivo, y en el mismo tono un par de frases irónicas vituperando al Cardenal.

El incidente verdaderamente desagradable surgió cuando a los organizadores se les fué de las manos la reacción de la gente en el momento en que se pidió que se separaran hombres y mujeres, porque Spencer quería aprovechar la luz antes de que el sol fuera deslumbrante para hacer algunas tomas únicamente de las mujeres frente al Palacio Nacional.

Con malos modos, el equipo de organizadores indicaron a los hombres que ya se retiraran; que fueran a vestirse, que para ellos ya había sido todo. Algunos permanecimos aún sobre la plancha, con la intrensión de ver de lejos las fotografías, muchos no escuchamos las indicaciones, al igual que como fue durante todo el evento, y entonces se acercó al pequeño grupo en que yo estaba una gorda, esa si, pinche gorda, vestida de camiseta negra, quien nos dijo de un modo muy poco cortés que nos debíamos ir a vestir, y que si veníamos acompañados, las mujeres no se iban a perder, que ya nos fuéramos.

No el dicho de esta persona, sino la falta de coordinación y previsión de este separarnos, rompió el momento mágico que se vivía.

Los primeros en ser corridos fueron a vestirse, como se los indicaron, pero en donde estaba la ropa estaban, por supesto, las cámaras y celulares que los participantes habían llevado, y ya vestidos, gran número de hombres se acercaron nuevamente a ver el espectáculo que continuaba mientras ellas tomaban posiciones para las fotos que se harían, aprovechando para tomar también sus propias fotos; pero la situación había cambiado; ya no eran participantes, sino mirones privilegiados.

Durante este transcurso surgieron algunos gritos como: esto es discriminación, comentarios parecidos a: ya le salió lo macho al gringo, y todo esto entre la confusión de la falta de un sonido que diera las indicaciones de una manera audible para todos, una gran cantidad de hombres que ya se encontraban vestidos, y  tal cantidad de gente, que estando dentro de la plancha no se sabía en ese momento si era que ya se había abierto paso a los transeuntes o si se estaban colando de las otras calles cerradas; pero éramos nosotros mismos, pero ya nuevamente disfrazados de los caracteres que a diario representamos.

Por comentarios de muchas y muchos de los paricipantes con quienes hable, y otros que escuche de paso, esta situación causó muchas molestias e inconformidad: los hombres nos sentimos relegados, y no sólo eso, corridos, expulsados del lugar en que habíamos participado voluntariamente, y las mujeres se sintieron agredidas al verse desnudas entre un número cada vez mayor de hombres que las rodeaban, y miraban ya como espectadores. Para cuando terminó la sesión fotográfica, tuvieron que cruzar desnudas una Plaza Mayor que se encontraba llena de gente vestida, que ellas no sabían si habían sido participantes o ya eran los paseantes que habían venido a ver el final del show. Se perdió la privacidad e intimidad que se había ofrecido y logrado durante casi toda la jornada.

Entiendo que la indicación de separarnos y alejarnos del sitio donde se seirían tomando las fotografías a las féminas fue dada por Spencer Tunick a fin de que pudieran escucharse mejor las indicaciones para la formación, y aprovechar los breves momentos que quedaban antes de que el sol deslumbrara surgiendo detrás del Palacio Nacional e impidiera las tomas deseadas, pero hubiéramos podido permanecer desnudos, es decir, en igualdad de condiciones con ellas, aunque alejados para no estorbar la acción, y al final, como al principio, en concierto y armonía, todo mundo podría haberse vestido al dar por terminado el evento. No nos hubieramos sentido expulsados y agredidas, se habrían ahorrado situaciones incómodas, especialmetne a las mujeres, y no hubieran abandonado antes de tiempo la escena, al sentirse incomodadas, como sucedió con muchas de ellas.

Pienso que incluso la toma de fotos y videos con celular, que molestó tanto a gran parte de las damas, hubiera sido tomada con humor, como todos los otros pequeños incidentes producidos por al falta de coordinación y mal sonido durante toda la instalación, y se hubiera interpretado como la oportunidad de obtener algunas fotos de caracter familiar y amistoso, en las que tod@s expuest@s, de manera equitativamente igualitaria, como sucedió durante la mayor parte del evento, nadie se hubiera sentido relegado, agredido, vulnerado y balconeado. Tengo por cierto que no fue Spencer el que dió la indicación de que los hombres se vistieran, sino gente del equipo de coordinación que quiso ahorrar tiempo, apresurar los acontecimientos, y no midió las consecuencias que podrían surgir, y que surgieron.

La ropa hizo la diferencia, y una mala decisión la provocó.

Digna de reconocerse fue la labor de la policía que, en lo que era su responsabilidad, cumplió cabalmente manteniendo resguardada la zona de la celebración nudista, que eso fue, también y mucho más que una simple toma de fotografías artísticas de desnudos, y se encargó de que hubiera saldo blanco, a pesar de los distrubios que conataron provocar la gran cantidad de personas que no llegaron a tiempo, o que por las aglomeraciones y la premura de tiempo ya no pudieron ingresar al Zócalo, según me enteré en el lugar, y confirmé después por las notas de prensa.

Con todo, fue breve el mal trago; diez minutos despues del desfile de las damas al regreso de las últimas fotos, completamente al otro lado de la plaza, ya no había ningún desnudo en el Zócalo, la multitud empezó a dispersarse, y todos y todas nos fuimos con gratos recuerdos en lo general. Yo además, con por lo menos seis nuevos amigos y amigas con quienes espero mantener contacto en lo posterior y, ¿por qué no? participar y hasta organizar otros eventos de naturaleza similar; besos a Ceci, Rocío, Emma, Sofía y a todos los demás.

Ahora he visto ya las noticias publicadas en El Universal y La Jornada, de donde he tomado las fotos que aquí se ven. La cobertura de medios fue respetuosa y cercana; hubo cientos de entrevistas a participantes, tanto por parte de los medios reconocidos, como los ya mencionados, y el Uno mas Uno, la revista Vértigo y, por supuesto, la radio y la televisión, como de otros medios emergentes: estaciones de radio en Internet, como
Radio Mente Abierta, y Radioopción, donde se difundirán programas referentes al evento el próximo miércoles de 8 a 9 de la noche y el siguiente lunes a las 9 y media, respectrivamente, y autores de blogs, como éste mismo, Dramati-K, también de un servidor, y unwrappedprocastination de Sofía Mariscal, que publicará una interesante nota del evento, ya que tuvo oportunidad de contemplarlo desde las alturas, en la sala de medios, y me comentó que tuvo impresiones fantásticas desde esa perspectiva.

Volviendo finalmente al fenómeno social: la desnudez nos iguala; no hay pobre, no hay rico, magnate o mendigo, no hay superioridad de un  sexo sobre el opuesto, no hay arreglado y mal vestido, no hay bello ni feo, sólo amiga o amigo, y tod@s aprendemos de los otr@s y nosotr@s mism@s; podemos arriesgarnos, porque tod@s corremos los mismos riesgos, y podemos ser más amoros@s, tolerantes, humildes y sincer@s, porque desnudar el cuerpo ayuda a desnudar el alma, y vemos más claro que todo lo que hace diferencia es muy superficial, tan superficial como la ropa y los adornos.

Espero que l@s que participamos hoy, no olvidemos lo aprendido, y aprovechemos esta experiencia para coadyuvar a formar una sociedad más equitativa y justa, madura, tolerante y armoniosa, en donde, aunque estemos vestid@s, la ropa no haga más la diferencia.


  

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